Bueno, bonito… y NUEVO

Cuando el día a día se convierte en un más de lo mismo (de ese mismo que no convence ni mejora nada) es fácil pensar que lo mejor es el cambio innovador radical.

Nos viene a la memoria la historia de Dick Fosbury, atleta estadounidense que en 1968 ganó la medalla de oro olímpica de salto de altura en los juegos de México. Los diferentes estilos de salto practicados hasta aquel momento (el rodillo ventral, el rodillo occidental o el estilo tijera) quedaron obsoletos ante lo que se ha popularizado como el Fosbury Flop. La técnica consistía en saltar el listón de espaldas. Esta forma resulta más efectiva desde un punto de vista biomecánico, ya que permite dejar menos espacio entre el centro de gravedad del saltador y el listón a superar, con lo que se gana altura. El lector puede entender fácilmente que desde cualquiera de los estilos anteriores al salto de espaldas hay un cambio innovador radical.

Mantener en nuestras instituciones y empresas los mismos procesos de negocio y de servicio que hemos hecho servir hasta hoy, no nos parece oportuno. En tan sólo un par de años ha cambiado todo de forma drástica. Tecnología, competencia, márgenes, conceptos comerciales, y necesidades y satisfacciones de los usuarios finales (clientes, pacientes, ciudadanos…). Hay que volver a replantearlo todo, cada uno en lo suyo desde la base y sin excepción. Identificar allí donde se genera valor añadido, dónde están los sumideros de valor y allí dónde no se genera nada. El objetivo sigue siendo el mismo: la satisfacción del usuario final. Antiguamente era el “bueno, bonito y barato”, luego fue el “bueno, bonito, barato y rápido” ahora toca el “bueno, bonito, barato, rápido y nuevo”.

Los empresarios saben traducir una necesidad en una oportunidad y convertirla en dinero. ¿Cómo se encuentran las necesidades? Paseando por la calle y siendo sensible a lo que la gente hace, dice y sueña. Lo que la gente busca son satisfacciones y soluciones a sus problemas (del día a día). Es por eso que votan al que les parece más honesto y sensato. Por eso compran aquello que más les gusta, conviene o desean. Por eso viajan, emigran, luchan y viven. No hace falta tener su propia empresa para poder satisfacer necesidades y generar valor añadido. También desde la función pública se puede hacer eso. En las universidades, en los hospitales, en los ayuntamientos y en tantos otros sitios se genera valor, tanto como en las empresas, para el bien de la sociedad. El problema es darse cuenta que ahora ya no basta con hacerlo más rápido. Estamos en un mundo de abundancia y en el que hay de todo (también felicidad cuando se pone ilusión en lo que se hace). Lo de bueno y bonito ya nos olvidamos de mencionarlo porque como no sea así “te quedas fuera”. Lo de barato se puede negociar, es una cuestión de habilidad y de oportunidad de lo que entrega. Dónde no hay excusa es en que sea nuevo. Lo de ayer vale menos que lo de hoy. Esto implica grandes cambios en conceptos de producción, compras, logística, comercial y administración. Sus procesos se han de revisar todos y, sobre todo, SIMPLIFICAR.

¿Volverían a un restaurante que nunca cambiase su carta? Lógicamente sus platos “estrella” se mantienen pero el resto debe renovarse periódicamente. Anclarse en la rutina no es bueno. Lo viejo y cutre pierde valor. Tenemos que analizar lo que hacemos, simplificarlo y que parezca nuevo. Ha de ser atractivo y satisfacer las necesidades de hoy y de mañana. Ayer pasó. Ha de hacernos soñar y sentirnos vivos.

Le expliqué a un amigo que todo esto era lo que se conseguía con la reingeniería de procesos y me contestó: “¿Reingeniería de qué?”

Juan Carlos Estorach   &   Joaquim Esquirol

Gestión por Procesos

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Trabajar más no significa trabajar mejor.

La manera de progresar (léase obtener mejores resultados) de una organización es instalar un nuevo “súper programa informático”. No lo decimos nosotros, es lo que muchos admiran y lo que muchos piensan que hay que hacer. Nosotros creemos que dependerá de la madurez en la que se encuentre la organización.

Nos gusta pensar que progresar quiere decir “hacer las cosas mejor”, y que “mejor” es un término subjetivo que, en cada caso, se tiene que definir.

Hemos encontrado una historia en un libro que nos aclara los conceptos de “Mejor” y “Progresar”. El libro es: “VIVIR SIN JEFE” de Sergio Fernández, publicado por editorial Plataforma. Nos hemos leído la 7ª edición en un santiamén durante uno de esos viajes de horas interminables y aeropuertos impersonales. Se lo recomendamos, el tiempo se hizo corto. Einstein tenía razón: “es subjetivo”.

Nos cuenta el autor que la historia la leyó en un libro de Nick Owen: “La magia de la metáfora”. ¡Vale la pena!

Cuentan que dos leñadores, un canadiense y un noruego, quedaron finalistas para el campeonato mundial de tala de árboles. Ganaría el que talase más árboles durante ocho horas seguidas.

Tras cincuenta minutos de competición y de aparente empate, el noruego dejó de dar golpes. El canadiense se apercibió de la parada de su contrincante y aprovechó para redoblar sus esfuerzos. Diez minutos más tarde, a las nueve en punto, escuchó que el noruego empezaba a talar otra vez. De nuevo parecía que iban talando al mismo ritmo, intercambiándose golpe tras golpe, hasta que a las diez menos diez el noruego se volvió a detener. El canadiense continuó, decidido a sacar el mayor partido posible de la debilidad del adversario. A las diez en punto el noruego retomó la competición durante otros cincuenta minutos, momento en el que volvió a parar. El canadiense decidió entonces seguir con su ritmo regular y constante, seguro como estaba de que acabaría por ganar.

El resto del día transcurrió de la misma manera. Cuando el silbato señaló el final de la competición, el canadiense estaba absolutamente convencido de que había ganado la prueba.

La sorpresa fue que los jueces le dieron como perdedor. Resignado, le dijo al noruego: “Cada hora parabas diez minutos. ¿Cómo es posible que talaras más árboles que yo?”. “Sencillo”, contestó el noruego, “cada hora efectivamente paraba. Pero mientras tú seguías talando yo me dedicaba a afilar el hacha”.

Como nos recuerda Sergio Fernández: “¿Dónde hemos de dejar de hacer más para hacer mejor?”

Nosotros andamos como locos buscando los procesos que se pueden simplificar para hacerlos mejor. Como no tenemos hacha y el ordenador no sabemos por dónde se afila, estamos, eso sí, parando cada “cincuenta minutos” para verlo todo desde diferentes perspectivas y siempre con los ojos de nuestros clientes.

Juan Carlos Estorach   &   Joaquim Esquirol

Gestión por Procesos