Es que, pensé que, creí que…

Tomo prestado el título de un artículo de un antiguo profesor, Juan Carlos Vázquez-Dodero, que en Marzo de 1997 publicó en la Revista de Antiguos Alumnos del IESE. Sigue siendo vigente, como si lo hubiera escrito ayer.

Nos decía nuestro profesor que toda persona comprometida con un objetivo o resultado a conseguir conlleva una actitud permanente y esforzada a estar atento a todo. También resaltaba la anticipación (capacidad de prever consecuencias) como esencial en toda actividad orientada hacia la acción. Como ciudadanos, como padre o como madre y como cónyuges son dones o hábitos que aportan grandes beneficios a los demás y a uno mismo. Por supuesto que como directivos y trabajadores estos hábitos harán que el resultado sea mejor y en menos tiempo.

Hay gente a la que la anticipación y la atención al detalle, en apariencia al menos, le cuestan poco. Siempre sorprenden por su comprensión de lo pequeño y casi nada se les escapa. El profesor se pregunta si estas actitudes son dones o hábitos. En la medida que implique esfuerzo (no sólo físico), nos dice, estaremos ante un hábito, si no costara nada sería un don. Es obvio que cuesta y que se mejora conforme se practica.

Si la realización de cualquier trabajo se hace mecánicamente (con poco esfuerzo) la implicación será, obviamente, menor. Así será también la calidad del resultado. Es por eso que normalmente esfuerzo/implicación van de la mano de los buenos resultados. También, en nuestra pasada reflexión del 18 de marzo: “Más no significa mejor”, veíamos que para cortar árboles la mecánica era básica, pero la inteligencia (parar cada hora para afilar el hacha) hacía el esfuerzo más productivo. Así que si juntamos los tres conceptos: atención al detalle, capacidad de anticipación e inteligencia en el esfuerzo, el resultado es bueno seguro.

Cuando la actitud positiva desaparece, cuando de una actitud proactiva e inquisitiva sobre “el qué pasará” nos trasladamos a la espera necia, decía el profesor, ocurre lo mismo que a las vírgenes que se quedaron sin aceite en sus lámparas, o al que enterró su talento, esperando.

Concluía Vázquez-Dodero, que es de ahí que nacen los “Es que, pensé que, creí que…”. Excusas de falta de compromiso personal, de actitud de servicio y de inmadurez. Lo contrario nos haría comprender el error y nos acompañaría hacia su corrección. “No se trata de justificarse, sino de hacer lo que se debe y estar por lo que se hace”. Para ello hace falta la madurez necesaria para aceptar las consecuencias (buenas o malas) de nuestras acciones. Con la vista puesta en el objetivo hay que intentar la mejora en el camino escogido y compartir todo con el equipo del que formamos parte.

Como siempre se aprecia antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, sugiero un ejercicio de reflexión: ¿cuántas veces hemos recibido excusas relacionadas con una evidente falta de compromiso? Es penoso cuando gente con alta responsabilidad utiliza la excusa y la justificación por no haberse comprometido, a tiempo, en sus obligaciones.

La pregunta humilde, y más constructiva, sería: ¿cuántas veces nos hemos excusado nosotros evidenciando una clara falta de compromiso? A lo peor, la viga es más grande que la paja.

En los negocios, en nuestra vida cotidiana, en las pequeñas cosas, en las de mayor envergadura… ¡Comprometámonos! Esfuerzo inteligente, atención a los detalles y con anticipación. ¿Seguro que todo lo hacemos bien?

Juan Carlos Estorach   &   Joaquim Esquirol

Gestión por Procesos